Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández.
Miguel Hernández pertenece a la generación del 36 pero
hay factores que lo relacionan con la del 27. El más importante es la fusión de
tradición e innovación.
1. La tradición española se refleja en sus versos a
causa de sus tempranas lecturas de las obras clásicas. Una de las
influencias fue que conoció desde muy pronto a los autores clásicos
españoles como Góngora. El gongorismo en Perito
en lunas, se introduce en la poesía pura. En El rayo que no cesa, fusión del surrealismo con la tradición, en la
temática: amor cortés, doloroso sentir, desgarrón afectivo. También
influyeron la pureza, desnudez e inmediatez de Bécquer. Además en Cancionero y romancero de ausencias en
el que utiliza el cantar con una corriente revitalizadora. Pero dicha
influencia se encuentra en sus poemas de adolescencia anteriores a Perito en lunas. Otra de las
influencias es el neopopularismo. Lo utiliza en Viento del pueblo, su poesía más directa y cercana al pueblo:
poemas de guerra, de denuncia y de solidaridad. Hernández usa formas
tradicionales para manifestar su entusiasmo combativo. Después con Cancionero y romancero de ausencias se
refleja el dolor y la desolación.
2. La generación inmediatamente anterior. En la
renovación de la poesía española moderna destacan Bécquer, Rubén Darío con su
poesía simbolista-modernista y la poesía desnuda de Juan Ramón Jiménez que en
sus composiciones se aprecia un mundo pastoril que reflejan escenas mitológicas
y ambientes orientales. Otro autor modelo del uso innovador de la metáfora fue
Ramón Gómez de la Serna, introductor de las vanguardias en España. Esto se
aprecia en Perito en lunas, convierte
los poemas en acertijos.
3. En su obra se aprecian las mismas etapas que en los
poetas del 27:
-Primera etapa: la “deshumanización del arte” (arte
alejado de lo personal y humano, bello en su desnudez). En los años 20 los
poetas españoles se movieron entre las vanguardias, buscando una poesía
depurada, carente de sentimentalismo, que reflejase belleza estética y
artificiosa. Sin embargo, adoptaron innovaciones en el empleo de la metáfora.
Así, en Perito en lunas un
vanguardismo tardío, cubista y ultraísta.
-Segunda etapa: la “rehumanización del arte”. En los años
30 llega una nueva vanguardia, liberadora y humanizadora. Movimiento con un
nuevo romanticismo e irracionalismo que tratara de lo humano, social y
político. En la poesía hernandiana, se produce en El rayo que no cesa y es fruto de la crisis personal que está
viviendo y fundirá la poesía impura. Pero en el Viento del pueblo habrá mayor evidencia de dicha poesía y en El hombre acecha se confirma esa
tendencia.
En conclusión, en la poesía hernandiana se produce una
tradición y vanguardia en la que una u otra determina la evolución del artista
y las necesidades expresivas de cada etapa.
Trayectoria
poética de Miguel Hernández: la evolución de su poesía.
La poesía de Miguel Hernández está integrado en el
arraigo popular. Tubo un primer período poético “poemas de adolescencia” donde
la poesía pastoril le permitía superar la dura realidad, abundan referencias
localistas, modernismo y mitología clásica. Su etapa primera: Perito en Lunas (1933) se caracteriza por el uso de metáforas
que hablan de realidades cotidianas. El metro es la octava real y sus modelos
son poetas simbolistas y postsimbolistas franceses además de vanguardistas
españoles. En verdad, transmutó tanto el paisaje oriolano que hay que
descifrarlos como si fueran adivinanzas. En su poesía pura (concepción
actualizada de la poesía religiosa), de nuevo utiliza metáforas. Al margen
poético también escribió un auto sacramental: Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras. Más tarde
una etapa de madurez creadora: El
rayo que no cesa (1936), libro
perfectamente estructurado, compuesto por treinta poemas que son en su
integridad sonetos. Utiliza un estilo más accesible y directo, apoyado en el
tema del amor se observa el cambio de visión del mundo del poeta. En esta etapa
se encuentra la poesía impura que agrupa un conjunto de poemas sueltos en los
que Hernández ensaya nuevos temas y técnicas metafóricas. Utiliza un verso
libre y la elaboración de imágenes irracionales y visionarias en ocasiones
surrealistas. Destacan poemas como Sonreídme,
Mi sangre es un camino, Égloga y dos odas. También una etapa de poesía
social (escrita durante la Guerra Civil): Viento del pueblo (1936) donde pretende ser la voz del pueblo, de
los pobres como él. De ahí la solidaridad y vida presentes en sus poemas: <vientre
de mujer> tema amoroso, <la tierra> poesía de combate y faena
finalmente <la palabra> a vivos y muertos. El hombre acecha (1939) Versa sobre el conflicto interno entre el
rechazo de la guerra y la lucha por ganarla para conseguir la libertad de los
suyos. A diferencia de Viento del pueblo,
faceta optimista, entusiasta y combativa, llena de esperanza. Está obra es
al revés: el odio, las cárceles y los heridos. Poemas como El herido, Las
cárceles y Pueblo. Para finalizar
la poesía última: Cancionero y
romancero de ausencias (1938-40) empieza a escribirlos en libertad, los
continua en la cárcel: de ahí la lamentación por la ausencia de la mujer, del
hijo y la libertad. Lírica tradicional directa y transparente, poeta en dominio
de una musicalidad propia de la poesía popular, la consolida con espontaneidad
y sencillez. La temática amor, vida y muerte está siempre en sus poemas. Por
ejemplo Hijo de la luz y de la sombra cosmovisión
hernandina, según la cual la mujer gobierna el ámbito lunar, el varón es el sol
y el hijo el día, la sombra y luz. Algunos críticos literarios consideran que
el Cancionero y romancero de ausencias, es una sincera y dramática
autobiografía.
El compromiso social y político de la poesía de Miguel
Hernández
En su segunda
vez en Madrid, tuvo contacto con los intelectuales, Pablo Neruda y Vicente
Aleixandre lo que lo lleva a decantarse por la “poesía impura” dejando atrás la
influencia clasicista, conservadora y católica de Ramón Sijé y se incorpora a
la Misiones Pedagógicas e intervino en la propaganda antifascista durante la
guerra. Se muestra en su obra Viento del pueblo donde comprende el poder transformador
de la palabra para una poesía comprometida, de guerra y de denuncia y poesía de
solidaridad con el pueblo oprimido, es decir, la “poesía como arma” donde lo
lírico cede paso a lo épico y el poeta asume una función “profética”,
proclamando el amor a la patria y educando a los suyos en la lucha por la
libertad. La función se articula en cuatro tonos:
· Exaltación heroica de los hombres que
luchan por la justicia y la libertad: se identifica con la colectividad y
glorifica sus valores.
· Lamentación por las víctimas de los
opresores: poemas en los que glorifica a los sujetos líricos.
· Reivindicación social: tono de lamento,
para expresar identificación íntima, y solidaria con las víctimas de la
explotación.
· Imprecación a los enemigos, opresores y
explotadores: exaltación del heroísmo de los que luchan por la libertad y la
lamentación por las víctimas, e insulto a los que tiranizan el pueblo.
En los cuatro
tonos, se focaliza en un “yo” lírico o fundido en un “nosotros” y se funde con
grupos sociales, convertidos en arquetipos de los oprimidos.
Su fe en el
hombre se va debilitando y en El hombre acecha pasa de la exaltación de los héroes a la lamentación por las
víctimas. M.H ya no se siente identificado con el pueblo, sino acosado por el
hombre y la condición humana como fuerza amenazante y busca España como símbolo
de la madre primigenia.
Al salir de la
cárcel, tras la guerra entregó a su esposa Cancionero y romancero de ausencias libro que fue llenando con poemas
escritos en la cárcel y dónde alcanza la madurez poética con una poesía desnuda
que toma como base la sencillez de la lírica popular. Íntima y desgarrada, con
un tono trágico y que trata temas que le obsesionaban como “sus tres heridas”:
el amor, la vida y la muerte, marcadas por la elegía.
El poeta es una
víctima que expresa su profundo dolor por las ausencias (muerte y cárcel). La
palabra “libertad” cobra fuerza unida al amor como única forma de redención
pero M.H prefiere enfrentarse a la muerte con un poema pacifista donde expone
que las únicas armas son las palabras y la única meta el amor.
El lenguaje poético de Miguel Hernández: símbolos y figuras
retóricas más destacadas
Los temas, la
métrica y los recursos estilísticos utilizados en cada etapa de su obra
dependen de su estado anímico o de la época. Cada etapa está marcada por un
tono dominante que determina el tema y forma de los poemas:
· El gongorismo
de Perito en Lunas (1932), donde el
autor ostenta una gran destreza verbal e imaginativa con una amplia gama de
recursos y un hermetismo, complejidad metafórica, léxico culto o hipérbatos.
· El
neorromanticismo de El rayo que no cesa
(1936), poemario de temática amorosa que emplea la metáfora surrealista. Rico
en recursos retóricos: aliteraciones, hipérboles.
· El lenguaje
directo y claro de Viento del pueblo
(1937), formado por una serie de poemas comprometidos que pretenden defender la
libertad e increpar a los tiranos.
· El
neopopularismo de Cancionero y romancero
de ausencias, composiciones de verso corto y de rima asonante como la
sencillez de la lírica popular y que tienen recursos que favorecen la
musicalidad (anáforas, paralelismos, estribillos) o la expresividad (símiles,
personificaciones...).
Aparecen una
serie de símbolos:
·Símbolos
amorosos y sexuales: peso de la formación religiosa e influencia barroca, del
sexo masculino la higuera, del femenino el vientre o nacar y del deseo sexual
la serpiente o el fuego. En El rayo que
no cesa añade el concepto de “herida”, el rayo como objeto hiriente como
cuchillo, que representa el hiriente deseo y junto con el toro que representa
el destino trágico. En Viento del pueblo se
simboliza la maternidad con el vientre y el hijo se convierte en la
prolongación de la vida. En Cancionero y
romancero en ausencias aparece el hijo representado en alas y aves que
representan la libertad.
·Símbolos
referidos a la vida y la muerte: la vida, la muerte y el amor, grandes ejes. En
los poemas de la adolescencia la vida se refleja en los elementos naturales y
la muerte en los atardeceres. El toro se convierte en el símbolo de la fuerza
continuamente amenazada por la destrucción e identifica el toro con su destino
fatal de dolor y muerte. En Cancionero y
romancero de ausencias se culmina el dolor, la ausencia y la muerte.
·Símbolos
asociados a la lucha social y a la guerra: En El hombre acecha se muestra la discordancia con la violencia de los
hombres que presenta como fieras (tigre, lobo...). Además la sangre representa
el dolor y la muerte en el tren que no tiene destino.
·Símbolos
relacionados con la naturaleza: frecuentes en los poemas de adolescencia con
cabras, lagartos, insectos... En Perito
en lunas hay elementos relacionados con la naturaleza como el gallo, la
palmera y la higuera como símbolo de lo masculino y viril. Y el toro con el que
identifica la bravura, nobleza y destino trágico.
Temas
poéticos de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el
oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más
significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo
relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de
los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.
Desde siempre
ha estado muy ligado a la naturaleza,
como poeta y como persona. Su labor como cabrero, asignada por un padre de
talante severo, le llevará a aprender a cuidar el rebaño, a limpiar el establo,
a recolectar fruta, a repartir leche... No es de extrañar su arraigo al terruño
y la presencia constante de la naturaleza en su imaginario poético.
En sus versos
de adolescencia plasma la belleza de la realidad circundante. Todo este
material inicial le llevará a la publicación de su primer poemario, Perito en
lunas (1932), en el que mantiene esa tendencia de reflejar una naturaleza
embellecida a través del empleo de inagotables recursos literarios.
Pero a partir de El rayo que no cesa (1936), la
naturaleza se convierte en parte sustancial del imaginario poético hernandiano;
ya no se trata tan solo de una fuente de inspiración, sino que se integra en la
temática creando símbolos y sistemas de asociaciones. Así, las flores, vergeles
y vegas remiten al amor; el huerto, a la fecundidad; y el oasis, a la amada. Lo
mismo sucede con los fenómenos atmosféricos, ligados a la fuerza de los
sentimientos. Surge de este modo el campo asociativo del viento, que encarna
las ansias de libertad, o de la tormenta, representación del dolor.
La poesía hernandiana se nutre, además, de símbolos
del animalario. Desde El rayo que no cesa hay un paralelismo simbólico entre el
poeta y el toro de lidia, destacando en ambos su destino trágico de dolor y de
muerte, su virilidad, su corazón desmesurado, la fiereza y la pena. En
contraposición al toro, el buey representará después, en "Vientos del
pueblo me llevan", la mansedumbre, la sumisión y la cobardía. En esta
poesía de guerra, el ruiseñor, símbolo de la primavera en el huerto hernandiano
de la producción poética anterior, se convertirá en el trasunto del
poeta-cantor del pueblo.
Por otra parte, la poesía del oriolano se modula en
torno a otros tres grandes motivos, tres grandes asuntos que todo lo invaden y
que constituyen tres grandes temas de la poesía de siempre: el amor, la vida y
la muerte.
El rayo que no cesa, su principal poemario amoroso,
nos remite al Cancionero de Petrarca, de ahí que este sentimiento universal se
perciba como fatal tortura. Los ejes dominantes de este volumen son, pues, la
queja dolorida, el desdén de la amada y el amor como muerte.
El agitado
ambiente de la República y el estallido de la guerra civil en julio de 1936
arrastran a Hernández a una poesía de testimonio y denuncia que se
materializará en el volumen Viento del pueblo (1937), en el que el tema del
amor se funde con una poética de combate y se supedita al enfoque
político-social.
A medida que avanza el conflicto bélico, la
posibilidad de la victoria se aleja y el espectáculo cruento del enfrentamiento
fratricida se intensifica. El tono vigoroso, entusiasta, combativo y vital de
Viento del pueblo se atempera en El hombre acecha (1939), un texto donde el
poeta pasa de cantar a susurrar amargamente; o dicho de otra manera, de exaltar
a los héroes a lamentarse por las víctimas.
Las últimas
vivencias del poeta —el fallecimiento de su hijo, la derrota, la caída de la
República, su encarcelamiento, su soledad— se plasman en su último poemario:
Cancionero y romancero de ausencias. Iniciado en 1938 a raíz de la muerte de su
primer hijo, esta obra póstuma se fue nutriendo con poemas escritos desde la
cárcel que los editores recogieron posteriormente. El oriolano alcanza así la
madurez poética con unas composiciones que beben de la sencillez de la lírica
popular y abordan los temas más obsesionantes de su mundo lírico: el amor, la
vida y la muerte, sus "tres heridas".
Se puede
concluir que en la obra de Miguel Hernández se origina una clara simbiosis
entre tradición y vanguardia, y que el predominio de una u otra influencia
viene determinado por la propia evolución del artista y por las necesidades
expresivas de cada etapa. El trayecto del poeta oriolano es, en consecuencia,
una acertada recopilación de todas las tendencias poéticas del momento, lo cual
enriquece sobremanera la obra de una de las figuras más representativas de las
letras castellanas del siglo pasado.
La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en
el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está
considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque
cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo
relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de
tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos
españoles y de la influencia de las vanguardias.
Podríamos decir que
toda su producción es una constatación de la terrible definición del filósofo
alemán Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. En efecto, en la poesía
de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con
la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de
ficción, que poco a poco, conforme se va configurando el sufrimiento y se va
desarrollando la funesta historia personal del poeta, acaba por deslizarse por
la pendiente de la tragedia.
La mayor parte de
los primeros poemas contiene un soporte de cierta despreocupación consciente,
de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural:
en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a
la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus
poetas leídos y admirados). Podríamos afirmar que el primer espacio poético
hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de
Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien
hecho.
En su primera etapa, son muchos los poemas en
los que se rinde homenaje a la naturaleza circundante con un júbilo casi
exultante: las plantas, las piedras, los insectos, etc. Todo lo vivo es bello,
todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Más allá de la vida
que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe los objetos
como si estuvieran vivos: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la
palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día, a la vida. Aquí
no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los
atardeceres, una muerte poetizadora y literaria que representa una suerte de
melancolía escritural.
Las
"heridas" hernandianas ("la de la vida, la del amor y la de la
muerte") comienzan a sentirse en El rayo que no cesa (1936), cancionero de
la pena amorosa, del sentimiento trágico del amor y de la idea de que la vida
es muerte por amor. El toro se convierte aquí en la figura que representa la
coherencia de la voz del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso
amoroso anunciado, presagio de destrucción... En las composiciones de este
poemario, la vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables (el
rayo, el cuchillo...) y el amor está marcado por un sino sangriento. Y es que
en la poesía de Miguel Hernández, amor y muerte se plasman en los símbolos del
toro y la sangre, a los que se une una constelación de elementos cortantes e
hirientes como la espada, el cuchillo, el rayo, los cuernos o el puñal,
instrumentos fulminadores para el poeta.
Estos instrumentos del dolor que proporcionan
alguna suerte de herida adquieren una expresividad dramática, agónica y
desesperanzada en la «Elegía» dedicada a su amigo Ramón Sijé. En ella aparecen
unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran
un mosaico de rabia y de malestar inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe
helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de
piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Estos
versos coléricos contra la muerte, con el poeta andando sobre “rastrojos de
difuntos”, nos hablan de la concepción de M. Hernández en este poemario y este
momento de su vida: vivir es amar, penar y morir.
Con la llegada de
la guerra, la voz poética adquiere un tono combativo en Viento del pueblo
(1937), donde la muerte se convierte en parte de la lucha por la victoria. Pero
el optimismo inicial deriva en dolor y pesimismo por la dilatación y crudeza
del conflicto bélico. Así se aprecia en El hombre acecha (1939), donde los
muertos ya no son héroes sino víctimas y donde el último estertor rige el
destino de los oprimidos.
Sin embargo, es en Cancionero y romancero de
ausencias, su último volumen, donde los poemas se oscurecen definitivamente con
el desengaño y la carencia de todo. La muerte de su primer hijo, la pérdida de
la guerra, el odio de la posguerra, la condena a muerte, la posterior
enfermedad y la soledad configuran este poemario de la desolación, cercano a la
desnudez de la verdad más dura y terrible.
Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández.
Miguel Hernández pertenece a la generación del 36 pero
hay factores que lo relacionan con la del 27. El más importante es la fusión de
tradición e innovación.
1. La tradición española se refleja en sus versos a
causa de sus tempranas lecturas de las obras clásicas. Una de las
influencias fue que conoció desde muy pronto a los autores clásicos
españoles como Góngora. El gongorismo en Perito
en lunas, se introduce en la poesía pura. En El rayo que no cesa, fusión del surrealismo con la tradición, en la
temática: amor cortés, doloroso sentir, desgarrón afectivo. También
influyeron la pureza, desnudez e inmediatez de Bécquer. Además en Cancionero y romancero de ausencias en
el que utiliza el cantar con una corriente revitalizadora. Pero dicha
influencia se encuentra en sus poemas de adolescencia anteriores a Perito en lunas. Otra de las
influencias es el neopopularismo. Lo utiliza en Viento del pueblo, su poesía más directa y cercana al pueblo:
poemas de guerra, de denuncia y de solidaridad. Hernández usa formas
tradicionales para manifestar su entusiasmo combativo. Después con Cancionero y romancero de ausencias se
refleja el dolor y la desolación.
2. La generación inmediatamente anterior. En la
renovación de la poesía española moderna destacan Bécquer, Rubén Darío con su
poesía simbolista-modernista y la poesía desnuda de Juan Ramón Jiménez que en
sus composiciones se aprecia un mundo pastoril que reflejan escenas mitológicas
y ambientes orientales. Otro autor modelo del uso innovador de la metáfora fue
Ramón Gómez de la Serna, introductor de las vanguardias en España. Esto se
aprecia en Perito en lunas, convierte
los poemas en acertijos.
3. En su obra se aprecian las mismas etapas que en los
poetas del 27:
-Primera etapa: la “deshumanización del arte” (arte
alejado de lo personal y humano, bello en su desnudez). En los años 20 los
poetas españoles se movieron entre las vanguardias, buscando una poesía
depurada, carente de sentimentalismo, que reflejase belleza estética y
artificiosa. Sin embargo, adoptaron innovaciones en el empleo de la metáfora.
Así, en Perito en lunas un
vanguardismo tardío, cubista y ultraísta.
-Segunda etapa: la “rehumanización del arte”. En los años
30 llega una nueva vanguardia, liberadora y humanizadora. Movimiento con un
nuevo romanticismo e irracionalismo que tratara de lo humano, social y
político. En la poesía hernandiana, se produce en El rayo que no cesa y es fruto de la crisis personal que está
viviendo y fundirá la poesía impura. Pero en el Viento del pueblo habrá mayor evidencia de dicha poesía y en El hombre acecha se confirma esa
tendencia.
En conclusión, en la poesía hernandiana se produce una
tradición y vanguardia en la que una u otra determina la evolución del artista
y las necesidades expresivas de cada etapa.
Trayectoria
poética de Miguel Hernández: la evolución de su poesía.
La poesía de Miguel Hernández está integrado en el
arraigo popular. Tubo un primer período poético “poemas de adolescencia” donde
la poesía pastoril le permitía superar la dura realidad, abundan referencias
localistas, modernismo y mitología clásica. Su etapa primera: Perito en Lunas (1933) se caracteriza por el uso de metáforas
que hablan de realidades cotidianas. El metro es la octava real y sus modelos
son poetas simbolistas y postsimbolistas franceses además de vanguardistas
españoles. En verdad, transmutó tanto el paisaje oriolano que hay que
descifrarlos como si fueran adivinanzas. En su poesía pura (concepción
actualizada de la poesía religiosa), de nuevo utiliza metáforas. Al margen
poético también escribió un auto sacramental: Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras. Más tarde
una etapa de madurez creadora: El
rayo que no cesa (1936), libro
perfectamente estructurado, compuesto por treinta poemas que son en su
integridad sonetos. Utiliza un estilo más accesible y directo, apoyado en el
tema del amor se observa el cambio de visión del mundo del poeta. En esta etapa
se encuentra la poesía impura que agrupa un conjunto de poemas sueltos en los
que Hernández ensaya nuevos temas y técnicas metafóricas. Utiliza un verso
libre y la elaboración de imágenes irracionales y visionarias en ocasiones
surrealistas. Destacan poemas como Sonreídme,
Mi sangre es un camino, Égloga y dos odas. También una etapa de poesía
social (escrita durante la Guerra Civil): Viento del pueblo (1936) donde pretende ser la voz del pueblo, de
los pobres como él. De ahí la solidaridad y vida presentes en sus poemas: <vientre
de mujer> tema amoroso, <la tierra> poesía de combate y faena
finalmente <la palabra> a vivos y muertos. El hombre acecha (1939) Versa sobre el conflicto interno entre el
rechazo de la guerra y la lucha por ganarla para conseguir la libertad de los
suyos. A diferencia de Viento del pueblo,
faceta optimista, entusiasta y combativa, llena de esperanza. Está obra es
al revés: el odio, las cárceles y los heridos. Poemas como El herido, Las
cárceles y Pueblo. Para finalizar
la poesía última: Cancionero y
romancero de ausencias (1938-40) empieza a escribirlos en libertad, los
continua en la cárcel: de ahí la lamentación por la ausencia de la mujer, del
hijo y la libertad. Lírica tradicional directa y transparente, poeta en dominio
de una musicalidad propia de la poesía popular, la consolida con espontaneidad
y sencillez. La temática amor, vida y muerte está siempre en sus poemas. Por
ejemplo Hijo de la luz y de la sombra cosmovisión
hernandina, según la cual la mujer gobierna el ámbito lunar, el varón es el sol
y el hijo el día, la sombra y luz. Algunos críticos literarios consideran que
el Cancionero y romancero de ausencias, es una sincera y dramática
autobiografía.
El compromiso social y político de la poesía de Miguel
Hernández
En su segunda
vez en Madrid, tuvo contacto con los intelectuales, Pablo Neruda y Vicente
Aleixandre lo que lo lleva a decantarse por la “poesía impura” dejando atrás la
influencia clasicista, conservadora y católica de Ramón Sijé y se incorpora a
la Misiones Pedagógicas e intervino en la propaganda antifascista durante la
guerra. Se muestra en su obra Viento del pueblo donde comprende el poder transformador
de la palabra para una poesía comprometida, de guerra y de denuncia y poesía de
solidaridad con el pueblo oprimido, es decir, la “poesía como arma” donde lo
lírico cede paso a lo épico y el poeta asume una función “profética”,
proclamando el amor a la patria y educando a los suyos en la lucha por la
libertad. La función se articula en cuatro tonos:
· Exaltación heroica de los hombres que
luchan por la justicia y la libertad: se identifica con la colectividad y
glorifica sus valores.
· Lamentación por las víctimas de los
opresores: poemas en los que glorifica a los sujetos líricos.
· Reivindicación social: tono de lamento,
para expresar identificación íntima, y solidaria con las víctimas de la
explotación.
· Imprecación a los enemigos, opresores y
explotadores: exaltación del heroísmo de los que luchan por la libertad y la
lamentación por las víctimas, e insulto a los que tiranizan el pueblo.
En los cuatro
tonos, se focaliza en un “yo” lírico o fundido en un “nosotros” y se funde con
grupos sociales, convertidos en arquetipos de los oprimidos.
Su fe en el
hombre se va debilitando y en El hombre acecha pasa de la exaltación de los héroes a la lamentación por las
víctimas. M.H ya no se siente identificado con el pueblo, sino acosado por el
hombre y la condición humana como fuerza amenazante y busca España como símbolo
de la madre primigenia.
Al salir de la
cárcel, tras la guerra entregó a su esposa Cancionero y romancero de ausencias libro que fue llenando con poemas
escritos en la cárcel y dónde alcanza la madurez poética con una poesía desnuda
que toma como base la sencillez de la lírica popular. Íntima y desgarrada, con
un tono trágico y que trata temas que le obsesionaban como “sus tres heridas”:
el amor, la vida y la muerte, marcadas por la elegía.
El poeta es una
víctima que expresa su profundo dolor por las ausencias (muerte y cárcel). La
palabra “libertad” cobra fuerza unida al amor como única forma de redención
pero M.H prefiere enfrentarse a la muerte con un poema pacifista donde expone
que las únicas armas son las palabras y la única meta el amor.
El lenguaje poético de Miguel Hernández: símbolos y figuras
retóricas más destacadas
Los temas, la
métrica y los recursos estilísticos utilizados en cada etapa de su obra
dependen de su estado anímico o de la época. Cada etapa está marcada por un
tono dominante que determina el tema y forma de los poemas:
· El gongorismo
de Perito en Lunas (1932), donde el
autor ostenta una gran destreza verbal e imaginativa con una amplia gama de
recursos y un hermetismo, complejidad metafórica, léxico culto o hipérbatos.
· El
neorromanticismo de El rayo que no cesa
(1936), poemario de temática amorosa que emplea la metáfora surrealista. Rico
en recursos retóricos: aliteraciones, hipérboles.
· El lenguaje
directo y claro de Viento del pueblo
(1937), formado por una serie de poemas comprometidos que pretenden defender la
libertad e increpar a los tiranos.
· El
neopopularismo de Cancionero y romancero
de ausencias, composiciones de verso corto y de rima asonante como la
sencillez de la lírica popular y que tienen recursos que favorecen la
musicalidad (anáforas, paralelismos, estribillos) o la expresividad (símiles,
personificaciones...).
Aparecen una
serie de símbolos:
·Símbolos
amorosos y sexuales: peso de la formación religiosa e influencia barroca, del
sexo masculino la higuera, del femenino el vientre o nacar y del deseo sexual
la serpiente o el fuego. En El rayo que
no cesa añade el concepto de “herida”, el rayo como objeto hiriente como
cuchillo, que representa el hiriente deseo y junto con el toro que representa
el destino trágico. En Viento del pueblo se
simboliza la maternidad con el vientre y el hijo se convierte en la
prolongación de la vida. En Cancionero y
romancero en ausencias aparece el hijo representado en alas y aves que
representan la libertad.
·Símbolos
referidos a la vida y la muerte: la vida, la muerte y el amor, grandes ejes. En
los poemas de la adolescencia la vida se refleja en los elementos naturales y
la muerte en los atardeceres. El toro se convierte en el símbolo de la fuerza
continuamente amenazada por la destrucción e identifica el toro con su destino
fatal de dolor y muerte. En Cancionero y
romancero de ausencias se culmina el dolor, la ausencia y la muerte.
·Símbolos
asociados a la lucha social y a la guerra: En El hombre acecha se muestra la discordancia con la violencia de los
hombres que presenta como fieras (tigre, lobo...). Además la sangre representa
el dolor y la muerte en el tren que no tiene destino.
·Símbolos
relacionados con la naturaleza: frecuentes en los poemas de adolescencia con
cabras, lagartos, insectos... En Perito
en lunas hay elementos relacionados con la naturaleza como el gallo, la
palmera y la higuera como símbolo de lo masculino y viril. Y el toro con el que
identifica la bravura, nobleza y destino trágico.
Temas
poéticos de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el
oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más
significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo
relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de
los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.
Desde siempre
ha estado muy ligado a la naturaleza,
como poeta y como persona. Su labor como cabrero, asignada por un padre de
talante severo, le llevará a aprender a cuidar el rebaño, a limpiar el establo,
a recolectar fruta, a repartir leche... No es de extrañar su arraigo al terruño
y la presencia constante de la naturaleza en su imaginario poético.
En sus versos
de adolescencia plasma la belleza de la realidad circundante. Todo este
material inicial le llevará a la publicación de su primer poemario, Perito en
lunas (1932), en el que mantiene esa tendencia de reflejar una naturaleza
embellecida a través del empleo de inagotables recursos literarios.
Pero a partir de El rayo que no cesa (1936), la
naturaleza se convierte en parte sustancial del imaginario poético hernandiano;
ya no se trata tan solo de una fuente de inspiración, sino que se integra en la
temática creando símbolos y sistemas de asociaciones. Así, las flores, vergeles
y vegas remiten al amor; el huerto, a la fecundidad; y el oasis, a la amada. Lo
mismo sucede con los fenómenos atmosféricos, ligados a la fuerza de los
sentimientos. Surge de este modo el campo asociativo del viento, que encarna
las ansias de libertad, o de la tormenta, representación del dolor.
La poesía hernandiana se nutre, además, de símbolos
del animalario. Desde El rayo que no cesa hay un paralelismo simbólico entre el
poeta y el toro de lidia, destacando en ambos su destino trágico de dolor y de
muerte, su virilidad, su corazón desmesurado, la fiereza y la pena. En
contraposición al toro, el buey representará después, en "Vientos del
pueblo me llevan", la mansedumbre, la sumisión y la cobardía. En esta
poesía de guerra, el ruiseñor, símbolo de la primavera en el huerto hernandiano
de la producción poética anterior, se convertirá en el trasunto del
poeta-cantor del pueblo.
Por otra parte, la poesía del oriolano se modula en
torno a otros tres grandes motivos, tres grandes asuntos que todo lo invaden y
que constituyen tres grandes temas de la poesía de siempre: el amor, la vida y
la muerte.
El rayo que no cesa, su principal poemario amoroso,
nos remite al Cancionero de Petrarca, de ahí que este sentimiento universal se
perciba como fatal tortura. Los ejes dominantes de este volumen son, pues, la
queja dolorida, el desdén de la amada y el amor como muerte.
El agitado
ambiente de la República y el estallido de la guerra civil en julio de 1936
arrastran a Hernández a una poesía de testimonio y denuncia que se
materializará en el volumen Viento del pueblo (1937), en el que el tema del
amor se funde con una poética de combate y se supedita al enfoque
político-social.
A medida que avanza el conflicto bélico, la
posibilidad de la victoria se aleja y el espectáculo cruento del enfrentamiento
fratricida se intensifica. El tono vigoroso, entusiasta, combativo y vital de
Viento del pueblo se atempera en El hombre acecha (1939), un texto donde el
poeta pasa de cantar a susurrar amargamente; o dicho de otra manera, de exaltar
a los héroes a lamentarse por las víctimas.
Las últimas
vivencias del poeta —el fallecimiento de su hijo, la derrota, la caída de la
República, su encarcelamiento, su soledad— se plasman en su último poemario:
Cancionero y romancero de ausencias. Iniciado en 1938 a raíz de la muerte de su
primer hijo, esta obra póstuma se fue nutriendo con poemas escritos desde la
cárcel que los editores recogieron posteriormente. El oriolano alcanza así la
madurez poética con unas composiciones que beben de la sencillez de la lírica
popular y abordan los temas más obsesionantes de su mundo lírico: el amor, la
vida y la muerte, sus "tres heridas".
Se puede
concluir que en la obra de Miguel Hernández se origina una clara simbiosis
entre tradición y vanguardia, y que el predominio de una u otra influencia
viene determinado por la propia evolución del artista y por las necesidades
expresivas de cada etapa. El trayecto del poeta oriolano es, en consecuencia,
una acertada recopilación de todas las tendencias poéticas del momento, lo cual
enriquece sobremanera la obra de una de las figuras más representativas de las
letras castellanas del siglo pasado.
La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en
el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está
considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque
cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo
relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de
tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos
españoles y de la influencia de las vanguardias.
Podríamos decir que
toda su producción es una constatación de la terrible definición del filósofo
alemán Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. En efecto, en la poesía
de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con
la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de
ficción, que poco a poco, conforme se va configurando el sufrimiento y se va
desarrollando la funesta historia personal del poeta, acaba por deslizarse por
la pendiente de la tragedia.
La mayor parte de
los primeros poemas contiene un soporte de cierta despreocupación consciente,
de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural:
en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a
la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus
poetas leídos y admirados). Podríamos afirmar que el primer espacio poético
hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de
Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien
hecho.
En su primera etapa, son muchos los poemas en
los que se rinde homenaje a la naturaleza circundante con un júbilo casi
exultante: las plantas, las piedras, los insectos, etc. Todo lo vivo es bello,
todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Más allá de la vida
que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe los objetos
como si estuvieran vivos: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la
palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día, a la vida. Aquí
no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los
atardeceres, una muerte poetizadora y literaria que representa una suerte de
melancolía escritural.
Las
"heridas" hernandianas ("la de la vida, la del amor y la de la
muerte") comienzan a sentirse en El rayo que no cesa (1936), cancionero de
la pena amorosa, del sentimiento trágico del amor y de la idea de que la vida
es muerte por amor. El toro se convierte aquí en la figura que representa la
coherencia de la voz del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso
amoroso anunciado, presagio de destrucción... En las composiciones de este
poemario, la vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables (el
rayo, el cuchillo...) y el amor está marcado por un sino sangriento. Y es que
en la poesía de Miguel Hernández, amor y muerte se plasman en los símbolos del
toro y la sangre, a los que se une una constelación de elementos cortantes e
hirientes como la espada, el cuchillo, el rayo, los cuernos o el puñal,
instrumentos fulminadores para el poeta.
Estos instrumentos del dolor que proporcionan
alguna suerte de herida adquieren una expresividad dramática, agónica y
desesperanzada en la «Elegía» dedicada a su amigo Ramón Sijé. En ella aparecen
unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran
un mosaico de rabia y de malestar inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe
helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de
piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Estos
versos coléricos contra la muerte, con el poeta andando sobre “rastrojos de
difuntos”, nos hablan de la concepción de M. Hernández en este poemario y este
momento de su vida: vivir es amar, penar y morir.
Con la llegada de
la guerra, la voz poética adquiere un tono combativo en Viento del pueblo
(1937), donde la muerte se convierte en parte de la lucha por la victoria. Pero
el optimismo inicial deriva en dolor y pesimismo por la dilatación y crudeza
del conflicto bélico. Así se aprecia en El hombre acecha (1939), donde los
muertos ya no son héroes sino víctimas y donde el último estertor rige el
destino de los oprimidos.
Sin embargo, es en Cancionero y romancero de
ausencias, su último volumen, donde los poemas se oscurecen definitivamente con
el desengaño y la carencia de todo. La muerte de su primer hijo, la pérdida de
la guerra, el odio de la posguerra, la condena a muerte, la posterior
enfermedad y la soledad configuran este poemario de la desolación, cercano a la
desnudez de la verdad más dura y terrible.