martes, 24 de febrero de 2015

Miguel Hernández


Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández.

Miguel Hernández pertenece a la generación del 36 pero hay factores que lo relacionan con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación.

1. La tradición española se refleja en sus versos a causa de sus tempranas lecturas de las obras clásicas. Una de las influencias fue que conoció desde muy pronto a los autores clásicos españoles como Góngora. El gongorismo en Perito en lunas, se introduce en la poesía pura. En El rayo que no cesa, fusión del surrealismo con la tradición, en la temática: amor cortés, doloroso sentir, desgarrón afectivo. También influyeron la pureza, desnudez e inmediatez de Bécquer. Además en Cancionero y romancero de ausencias en el que utiliza el cantar con una corriente revitalizadora. Pero dicha influencia se encuentra en sus poemas de adolescencia anteriores a Perito en lunas. Otra de las influencias es el neopopularismo. Lo utiliza en Viento del pueblo, su poesía más directa y cercana al pueblo: poemas de guerra, de denuncia y de solidaridad. Hernández usa formas tradicionales para manifestar su entusiasmo combativo. Después con Cancionero y romancero de ausencias se refleja el dolor y la desolación.

2. La generación inmediatamente anterior. En la renovación de la poesía española moderna destacan Bécquer, Rubén Darío con su poesía simbolista-modernista y la poesía desnuda de Juan Ramón Jiménez que en sus composiciones se aprecia un mundo pastoril que reflejan escenas mitológicas y ambientes orientales. Otro autor modelo del uso innovador de la metáfora fue Ramón Gómez de la Serna, introductor de las vanguardias en España. Esto se aprecia en Perito en lunas, convierte los poemas en acertijos.

3. En su obra se aprecian las mismas etapas que en los poetas del 27:

-Primera etapa: la “deshumanización del arte” (arte alejado de lo personal y humano, bello en su desnudez). En los años 20 los poetas españoles se movieron entre las vanguardias, buscando una poesía depurada, carente de sentimentalismo, que reflejase belleza estética y artificiosa. Sin embargo, adoptaron innovaciones en el empleo de la metáfora. Así, en Perito en lunas un vanguardismo tardío, cubista y ultraísta.

-Segunda etapa: la “rehumanización del arte”. En los años 30 llega una nueva vanguardia, liberadora y humanizadora. Movimiento con un nuevo romanticismo e irracionalismo que tratara de lo humano, social y político. En la poesía hernandiana, se produce en El rayo que no cesa y es fruto de la crisis personal que está viviendo y fundirá la poesía impura. Pero en el Viento del pueblo habrá mayor evidencia de dicha poesía y en El hombre acecha se confirma esa tendencia.

En conclusión, en la poesía hernandiana se produce una tradición y vanguardia en la que una u otra determina la evolución del artista y las necesidades expresivas de cada etapa.

Trayectoria poética de Miguel Hernández: la evolución de su poesía.

La poesía de Miguel Hernández está integrado en el arraigo popular. Tubo un primer período poético “poemas de adolescencia” donde la poesía pastoril le permitía superar la dura realidad, abundan referencias localistas, modernismo y mitología clásica. Su etapa primera: Perito en Lunas (1933) se caracteriza por el uso de metáforas que hablan de realidades cotidianas. El metro es la octava real y sus modelos son poetas simbolistas y postsimbolistas franceses además de vanguardistas españoles. En verdad, transmutó tanto el paisaje oriolano que hay que descifrarlos como si fueran adivinanzas. En su poesía pura (concepción actualizada de la poesía religiosa), de nuevo utiliza metáforas. Al margen poético también escribió un auto sacramental: Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras. Más tarde una etapa de madurez creadora: El rayo que no cesa (1936), libro perfectamente estructurado, compuesto por treinta poemas que son en su integridad sonetos. Utiliza un estilo más accesible y directo, apoyado en el tema del amor se observa el cambio de visión del mundo del poeta. En esta etapa se encuentra la poesía impura que agrupa un conjunto de poemas sueltos en los que Hernández ensaya nuevos temas y técnicas metafóricas. Utiliza un verso libre y la elaboración de imágenes irracionales y visionarias en ocasiones surrealistas. Destacan poemas como Sonreídme, Mi sangre es un camino, Égloga y dos odas. También una etapa de poesía social (escrita durante la Guerra Civil): Viento del pueblo (1936) donde pretende ser la voz del pueblo, de los pobres como él. De ahí la solidaridad y vida presentes en sus poemas: <vientre de mujer> tema amoroso, <la tierra> poesía de combate y faena finalmente <la palabra> a vivos y muertos. El hombre acecha (1939) Versa sobre el conflicto interno entre el rechazo de la guerra y la lucha por ganarla para conseguir la libertad de los suyos. A diferencia de Viento del pueblo, faceta optimista, entusiasta y combativa, llena de esperanza. Está obra es al revés: el odio, las cárceles y los heridos. Poemas como El herido, Las cárceles y Pueblo. Para finalizar la poesía última: Cancionero y romancero de ausencias (1938-40) empieza a escribirlos en libertad, los continua en la cárcel: de ahí la lamentación por la ausencia de la mujer, del hijo y la libertad. Lírica tradicional directa y transparente, poeta en dominio de una musicalidad propia de la poesía popular, la consolida con espontaneidad y sencillez. La temática amor, vida y muerte está siempre en sus poemas. Por ejemplo Hijo de la luz y de la sombra cosmovisión hernandina, según la cual la mujer gobierna el ámbito lunar, el varón es el sol y el hijo el día, la sombra y luz. Algunos críticos literarios consideran que el Cancionero y romancero de ausencias, es una sincera y dramática autobiografía.

 

 

 

 

El compromiso social y político de la poesía de Miguel Hernández

En su segunda vez en Madrid, tuvo contacto con los intelectuales, Pablo Neruda y Vicente Aleixandre lo que lo lleva a decantarse por la “poesía impura” dejando atrás la influencia clasicista, conservadora y católica de Ramón Sijé y se incorpora a la Misiones Pedagógicas e intervino en la propaganda antifascista durante la guerra. Se muestra en su obra Viento del pueblo donde comprende el poder transformador de la palabra para una poesía comprometida, de guerra y de denuncia y poesía de solidaridad con el pueblo oprimido, es decir, la “poesía como arma” donde lo lírico cede paso a lo épico y el poeta asume una función “profética”, proclamando el amor a la patria y educando a los suyos en la lucha por la libertad. La función se articula en cuatro tonos:

· Exaltación heroica de los hombres que luchan por la justicia y la libertad: se identifica con la colectividad y glorifica sus valores.

· Lamentación por las víctimas de los opresores: poemas en los que glorifica a los sujetos líricos.

· Reivindicación social: tono de lamento, para expresar identificación íntima, y solidaria con las víctimas de la explotación.

· Imprecación a los enemigos, opresores y explotadores: exaltación del heroísmo de los que luchan por la libertad y la lamentación por las víctimas, e insulto a los que tiranizan el pueblo.

En los cuatro tonos, se focaliza en un “yo” lírico o fundido en un “nosotros” y se funde con grupos sociales, convertidos en arquetipos de los oprimidos.

Su fe en el hombre se va debilitando y en El hombre acecha pasa de la exaltación de los héroes a la lamentación por las víctimas. M.H ya no se siente identificado con el pueblo, sino acosado por el hombre y la condición humana como fuerza amenazante y busca España como símbolo de la madre primigenia.

Al salir de la cárcel, tras la guerra entregó a su esposa Cancionero y romancero de ausencias libro que fue llenando con poemas escritos en la cárcel y dónde alcanza la madurez poética con una poesía desnuda que toma como base la sencillez de la lírica popular. Íntima y desgarrada, con un tono trágico y que trata temas que le obsesionaban como “sus tres heridas”: el amor, la vida y la muerte, marcadas por la elegía.

El poeta es una víctima que expresa su profundo dolor por las ausencias (muerte y cárcel). La palabra “libertad” cobra fuerza unida al amor como única forma de redención pero M.H prefiere enfrentarse a la muerte con un poema pacifista donde expone que las únicas armas son las palabras y la única meta el amor.

 

El lenguaje poético de Miguel Hernández: símbolos y figuras retóricas más destacadas

Los temas, la métrica y los recursos estilísticos utilizados en cada etapa de su obra dependen de su estado anímico o de la época. Cada etapa está marcada por un tono dominante que determina el tema y forma de los poemas:

· El gongorismo de Perito en Lunas (1932), donde el autor ostenta una gran destreza verbal e imaginativa con una amplia gama de recursos y un hermetismo, complejidad metafórica, léxico culto o hipérbatos.

· El neorromanticismo de El rayo que no cesa (1936), poemario de temática amorosa que emplea la metáfora surrealista. Rico en recursos retóricos: aliteraciones, hipérboles.

· El lenguaje directo y claro de Viento del pueblo (1937), formado por una serie de poemas comprometidos que pretenden defender la libertad e increpar a los tiranos.

· El neopopularismo de Cancionero y romancero de ausencias, composiciones de verso corto y de rima asonante como la sencillez de la lírica popular y que tienen recursos que favorecen la musicalidad (anáforas, paralelismos, estribillos) o la expresividad (símiles, personificaciones...).

Aparecen una serie de símbolos:

·Símbolos amorosos y sexuales: peso de la formación religiosa e influencia barroca, del sexo masculino la higuera, del femenino el vientre o nacar y del deseo sexual la serpiente o el fuego. En El rayo que no cesa añade el concepto de “herida”, el rayo como objeto hiriente como cuchillo, que representa el hiriente deseo y junto con el toro que representa el destino trágico. En Viento del pueblo se simboliza la maternidad con el vientre y el hijo se convierte en la prolongación de la vida. En Cancionero y romancero en ausencias aparece el hijo representado en alas y aves que representan la libertad.

·Símbolos referidos a la vida y la muerte: la vida, la muerte y el amor, grandes ejes. En los poemas de la adolescencia la vida se refleja en los elementos naturales y la muerte en los atardeceres. El toro se convierte en el símbolo de la fuerza continuamente amenazada por la destrucción e identifica el toro con su destino fatal de dolor y muerte. En Cancionero y romancero de ausencias se culmina el dolor, la ausencia  y la muerte.

·Símbolos asociados a la lucha social y a la guerra: En El hombre acecha se muestra la discordancia con la violencia de los hombres que presenta como fieras (tigre, lobo...). Además la sangre representa el dolor y la muerte en el tren que no tiene destino.

·Símbolos relacionados con la naturaleza: frecuentes en los poemas de adolescencia con cabras, lagartos, insectos... En Perito en lunas hay elementos relacionados con la naturaleza como el gallo, la palmera y la higuera como símbolo de lo masculino y viril. Y el toro con el que identifica la bravura, nobleza y destino trágico.

 

Temas poéticos de Miguel Hernández

Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.

 Desde siempre ha estado muy ligado a la naturaleza, como poeta y como persona. Su labor como cabrero, asignada por un padre de talante severo, le llevará a aprender a cuidar el rebaño, a limpiar el establo, a recolectar fruta, a repartir leche... No es de extrañar su arraigo al terruño y la presencia constante de la naturaleza en su imaginario poético.

 En sus versos de adolescencia plasma la belleza de la realidad circundante. Todo este material inicial le llevará a la publicación de su primer poemario, Perito en lunas (1932), en el que mantiene esa tendencia de reflejar una naturaleza embellecida a través del empleo de inagotables recursos literarios.

Pero a partir de El rayo que no cesa (1936), la naturaleza se convierte en parte sustancial del imaginario poético hernandiano; ya no se trata tan solo de una fuente de inspiración, sino que se integra en la temática creando símbolos y sistemas de asociaciones. Así, las flores, vergeles y vegas remiten al amor; el huerto, a la fecundidad; y el oasis, a la amada. Lo mismo sucede con los fenómenos atmosféricos, ligados a la fuerza de los sentimientos. Surge de este modo el campo asociativo del viento, que encarna las ansias de libertad, o de la tormenta, representación del dolor.

La poesía hernandiana se nutre, además, de símbolos del animalario. Desde El rayo que no cesa hay un paralelismo simbólico entre el poeta y el toro de lidia, destacando en ambos su destino trágico de dolor y de muerte, su virilidad, su corazón desmesurado, la fiereza y la pena. En contraposición al toro, el buey representará después, en "Vientos del pueblo me llevan", la mansedumbre, la sumisión y la cobardía. En esta poesía de guerra, el ruiseñor, símbolo de la primavera en el huerto hernandiano de la producción poética anterior, se convertirá en el trasunto del poeta-cantor del pueblo.

Por otra parte, la poesía del oriolano se modula en torno a otros tres grandes motivos, tres grandes asuntos que todo lo invaden y que constituyen tres grandes temas de la poesía de siempre: el amor, la vida y la muerte.

 

El rayo que no cesa, su principal poemario amoroso, nos remite al Cancionero de Petrarca, de ahí que este sentimiento universal se perciba como fatal tortura. Los ejes dominantes de este volumen son, pues, la queja dolorida, el desdén de la amada y el amor como muerte.

 El agitado ambiente de la República y el estallido de la guerra civil en julio de 1936 arrastran a Hernández a una poesía de testimonio y denuncia que se materializará en el volumen Viento del pueblo (1937), en el que el tema del amor se funde con una poética de combate y se supedita al enfoque político-social.

A medida que avanza el conflicto bélico, la posibilidad de la victoria se aleja y el espectáculo cruento del enfrentamiento fratricida se intensifica. El tono vigoroso, entusiasta, combativo y vital de Viento del pueblo se atempera en El hombre acecha (1939), un texto donde el poeta pasa de cantar a susurrar amargamente; o dicho de otra manera, de exaltar a los héroes a lamentarse por las víctimas.

 Las últimas vivencias del poeta —el fallecimiento de su hijo, la derrota, la caída de la República, su encarcelamiento, su soledad— se plasman en su último poemario: Cancionero y romancero de ausencias. Iniciado en 1938 a raíz de la muerte de su primer hijo, esta obra póstuma se fue nutriendo con poemas escritos desde la cárcel que los editores recogieron posteriormente. El oriolano alcanza así la madurez poética con unas composiciones que beben de la sencillez de la lírica popular y abordan los temas más obsesionantes de su mundo lírico: el amor, la vida y la muerte, sus "tres heridas".

 Se puede concluir que en la obra de Miguel Hernández se origina una clara simbiosis entre tradición y vanguardia, y que el predominio de una u otra influencia viene determinado por la propia evolución del artista y por las necesidades expresivas de cada etapa. El trayecto del poeta oriolano es, en consecuencia, una acertada recopilación de todas las tendencias poéticas del momento, lo cual enriquece sobremanera la obra de una de las figuras más representativas de las letras castellanas del siglo pasado.

 

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.

Podríamos decir que toda su producción es una constatación de la terrible definición del filósofo alemán Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. En efecto, en la poesía de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de ficción, que poco a poco, conforme se va configurando el sufrimiento y se va desarrollando la funesta historia personal del poeta, acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia.

La mayor parte de los primeros poemas contiene un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural: en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus poetas leídos y admirados). Podríamos afirmar que el primer espacio poético hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.

 En su primera etapa, son muchos los poemas en los que se rinde homenaje a la naturaleza circundante con un júbilo casi exultante: las plantas, las piedras, los insectos, etc. Todo lo vivo es bello, todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Más allá de la vida que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe los objetos como si estuvieran vivos: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día, a la vida. Aquí no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, una muerte poetizadora y literaria que representa una suerte de melancolía escritural.

Las "heridas" hernandianas ("la de la vida, la del amor y la de la muerte") comienzan a sentirse en El rayo que no cesa (1936), cancionero de la pena amorosa, del sentimiento trágico del amor y de la idea de que la vida es muerte por amor. El toro se convierte aquí en la figura que representa la coherencia de la voz del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso amoroso anunciado, presagio de destrucción... En las composiciones de este poemario, la vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables (el rayo, el cuchillo...) y el amor está marcado por un sino sangriento. Y es que en la poesía de Miguel Hernández, amor y muerte se plasman en los símbolos del toro y la sangre, a los que se une una constelación de elementos cortantes e hirientes como la espada, el cuchillo, el rayo, los cuernos o el puñal, instrumentos fulminadores para el poeta.

 Estos instrumentos del dolor que proporcionan alguna suerte de herida adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la «Elegía» dedicada a su amigo Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran un mosaico de rabia y de malestar inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Estos versos coléricos contra la muerte, con el poeta andando sobre “rastrojos de difuntos”, nos hablan de la concepción de M. Hernández en este poemario y este momento de su vida: vivir es amar, penar y morir.

Con la llegada de la guerra, la voz poética adquiere un tono combativo en Viento del pueblo (1937), donde la muerte se convierte en parte de la lucha por la victoria. Pero el optimismo inicial deriva en dolor y pesimismo por la dilatación y crudeza del conflicto bélico. Así se aprecia en El hombre acecha (1939), donde los muertos ya no son héroes sino víctimas y donde el último estertor rige el destino de los oprimidos.



 Sin embargo, es en Cancionero y romancero de ausencias, su último volumen, donde los poemas se oscurecen definitivamente con el desengaño y la carencia de todo. La muerte de su primer hijo, la pérdida de la guerra, el odio de la posguerra, la condena a muerte, la posterior enfermedad y la soledad configuran este poemario de la desolación, cercano a la desnudez de la verdad más dura y terrible.
Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández.
Miguel Hernández pertenece a la generación del 36 pero hay factores que lo relacionan con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación.
1. La tradición española se refleja en sus versos a causa de sus tempranas lecturas de las obras clásicas. Una de las influencias fue que conoció desde muy pronto a los autores clásicos españoles como Góngora. El gongorismo en Perito en lunas, se introduce en la poesía pura. En El rayo que no cesa, fusión del surrealismo con la tradición, en la temática: amor cortés, doloroso sentir, desgarrón afectivo. También influyeron la pureza, desnudez e inmediatez de Bécquer. Además en Cancionero y romancero de ausencias en el que utiliza el cantar con una corriente revitalizadora. Pero dicha influencia se encuentra en sus poemas de adolescencia anteriores a Perito en lunas. Otra de las influencias es el neopopularismo. Lo utiliza en Viento del pueblo, su poesía más directa y cercana al pueblo: poemas de guerra, de denuncia y de solidaridad. Hernández usa formas tradicionales para manifestar su entusiasmo combativo. Después con Cancionero y romancero de ausencias se refleja el dolor y la desolación.
2. La generación inmediatamente anterior. En la renovación de la poesía española moderna destacan Bécquer, Rubén Darío con su poesía simbolista-modernista y la poesía desnuda de Juan Ramón Jiménez que en sus composiciones se aprecia un mundo pastoril que reflejan escenas mitológicas y ambientes orientales. Otro autor modelo del uso innovador de la metáfora fue Ramón Gómez de la Serna, introductor de las vanguardias en España. Esto se aprecia en Perito en lunas, convierte los poemas en acertijos.
3. En su obra se aprecian las mismas etapas que en los poetas del 27:
-Primera etapa: la “deshumanización del arte” (arte alejado de lo personal y humano, bello en su desnudez). En los años 20 los poetas españoles se movieron entre las vanguardias, buscando una poesía depurada, carente de sentimentalismo, que reflejase belleza estética y artificiosa. Sin embargo, adoptaron innovaciones en el empleo de la metáfora. Así, en Perito en lunas un vanguardismo tardío, cubista y ultraísta.
-Segunda etapa: la “rehumanización del arte”. En los años 30 llega una nueva vanguardia, liberadora y humanizadora. Movimiento con un nuevo romanticismo e irracionalismo que tratara de lo humano, social y político. En la poesía hernandiana, se produce en El rayo que no cesa y es fruto de la crisis personal que está viviendo y fundirá la poesía impura. Pero en el Viento del pueblo habrá mayor evidencia de dicha poesía y en El hombre acecha se confirma esa tendencia.
En conclusión, en la poesía hernandiana se produce una tradición y vanguardia en la que una u otra determina la evolución del artista y las necesidades expresivas de cada etapa.
Trayectoria poética de Miguel Hernández: la evolución de su poesía.
La poesía de Miguel Hernández está integrado en el arraigo popular. Tubo un primer período poético “poemas de adolescencia” donde la poesía pastoril le permitía superar la dura realidad, abundan referencias localistas, modernismo y mitología clásica. Su etapa primera: Perito en Lunas (1933) se caracteriza por el uso de metáforas que hablan de realidades cotidianas. El metro es la octava real y sus modelos son poetas simbolistas y postsimbolistas franceses además de vanguardistas españoles. En verdad, transmutó tanto el paisaje oriolano que hay que descifrarlos como si fueran adivinanzas. En su poesía pura (concepción actualizada de la poesía religiosa), de nuevo utiliza metáforas. Al margen poético también escribió un auto sacramental: Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras. Más tarde una etapa de madurez creadora: El rayo que no cesa (1936), libro perfectamente estructurado, compuesto por treinta poemas que son en su integridad sonetos. Utiliza un estilo más accesible y directo, apoyado en el tema del amor se observa el cambio de visión del mundo del poeta. En esta etapa se encuentra la poesía impura que agrupa un conjunto de poemas sueltos en los que Hernández ensaya nuevos temas y técnicas metafóricas. Utiliza un verso libre y la elaboración de imágenes irracionales y visionarias en ocasiones surrealistas. Destacan poemas como Sonreídme, Mi sangre es un camino, Égloga y dos odas. También una etapa de poesía social (escrita durante la Guerra Civil): Viento del pueblo (1936) donde pretende ser la voz del pueblo, de los pobres como él. De ahí la solidaridad y vida presentes en sus poemas: <vientre de mujer> tema amoroso, <la tierra> poesía de combate y faena finalmente <la palabra> a vivos y muertos. El hombre acecha (1939) Versa sobre el conflicto interno entre el rechazo de la guerra y la lucha por ganarla para conseguir la libertad de los suyos. A diferencia de Viento del pueblo, faceta optimista, entusiasta y combativa, llena de esperanza. Está obra es al revés: el odio, las cárceles y los heridos. Poemas como El herido, Las cárceles y Pueblo. Para finalizar la poesía última: Cancionero y romancero de ausencias (1938-40) empieza a escribirlos en libertad, los continua en la cárcel: de ahí la lamentación por la ausencia de la mujer, del hijo y la libertad. Lírica tradicional directa y transparente, poeta en dominio de una musicalidad propia de la poesía popular, la consolida con espontaneidad y sencillez. La temática amor, vida y muerte está siempre en sus poemas. Por ejemplo Hijo de la luz y de la sombra cosmovisión hernandina, según la cual la mujer gobierna el ámbito lunar, el varón es el sol y el hijo el día, la sombra y luz. Algunos críticos literarios consideran que el Cancionero y romancero de ausencias, es una sincera y dramática autobiografía.
 
 
 
 
El compromiso social y político de la poesía de Miguel Hernández
En su segunda vez en Madrid, tuvo contacto con los intelectuales, Pablo Neruda y Vicente Aleixandre lo que lo lleva a decantarse por la “poesía impura” dejando atrás la influencia clasicista, conservadora y católica de Ramón Sijé y se incorpora a la Misiones Pedagógicas e intervino en la propaganda antifascista durante la guerra. Se muestra en su obra Viento del pueblo donde comprende el poder transformador de la palabra para una poesía comprometida, de guerra y de denuncia y poesía de solidaridad con el pueblo oprimido, es decir, la “poesía como arma” donde lo lírico cede paso a lo épico y el poeta asume una función “profética”, proclamando el amor a la patria y educando a los suyos en la lucha por la libertad. La función se articula en cuatro tonos:
· Exaltación heroica de los hombres que luchan por la justicia y la libertad: se identifica con la colectividad y glorifica sus valores.
· Lamentación por las víctimas de los opresores: poemas en los que glorifica a los sujetos líricos.
· Reivindicación social: tono de lamento, para expresar identificación íntima, y solidaria con las víctimas de la explotación.
· Imprecación a los enemigos, opresores y explotadores: exaltación del heroísmo de los que luchan por la libertad y la lamentación por las víctimas, e insulto a los que tiranizan el pueblo.
En los cuatro tonos, se focaliza en un “yo” lírico o fundido en un “nosotros” y se funde con grupos sociales, convertidos en arquetipos de los oprimidos.
Su fe en el hombre se va debilitando y en El hombre acecha pasa de la exaltación de los héroes a la lamentación por las víctimas. M.H ya no se siente identificado con el pueblo, sino acosado por el hombre y la condición humana como fuerza amenazante y busca España como símbolo de la madre primigenia.
Al salir de la cárcel, tras la guerra entregó a su esposa Cancionero y romancero de ausencias libro que fue llenando con poemas escritos en la cárcel y dónde alcanza la madurez poética con una poesía desnuda que toma como base la sencillez de la lírica popular. Íntima y desgarrada, con un tono trágico y que trata temas que le obsesionaban como “sus tres heridas”: el amor, la vida y la muerte, marcadas por la elegía.
El poeta es una víctima que expresa su profundo dolor por las ausencias (muerte y cárcel). La palabra “libertad” cobra fuerza unida al amor como única forma de redención pero M.H prefiere enfrentarse a la muerte con un poema pacifista donde expone que las únicas armas son las palabras y la única meta el amor.
 
El lenguaje poético de Miguel Hernández: símbolos y figuras retóricas más destacadas
Los temas, la métrica y los recursos estilísticos utilizados en cada etapa de su obra dependen de su estado anímico o de la época. Cada etapa está marcada por un tono dominante que determina el tema y forma de los poemas:
· El gongorismo de Perito en Lunas (1932), donde el autor ostenta una gran destreza verbal e imaginativa con una amplia gama de recursos y un hermetismo, complejidad metafórica, léxico culto o hipérbatos.
· El neorromanticismo de El rayo que no cesa (1936), poemario de temática amorosa que emplea la metáfora surrealista. Rico en recursos retóricos: aliteraciones, hipérboles.
· El lenguaje directo y claro de Viento del pueblo (1937), formado por una serie de poemas comprometidos que pretenden defender la libertad e increpar a los tiranos.
· El neopopularismo de Cancionero y romancero de ausencias, composiciones de verso corto y de rima asonante como la sencillez de la lírica popular y que tienen recursos que favorecen la musicalidad (anáforas, paralelismos, estribillos) o la expresividad (símiles, personificaciones...).
Aparecen una serie de símbolos:
·Símbolos amorosos y sexuales: peso de la formación religiosa e influencia barroca, del sexo masculino la higuera, del femenino el vientre o nacar y del deseo sexual la serpiente o el fuego. En El rayo que no cesa añade el concepto de “herida”, el rayo como objeto hiriente como cuchillo, que representa el hiriente deseo y junto con el toro que representa el destino trágico. En Viento del pueblo se simboliza la maternidad con el vientre y el hijo se convierte en la prolongación de la vida. En Cancionero y romancero en ausencias aparece el hijo representado en alas y aves que representan la libertad.
·Símbolos referidos a la vida y la muerte: la vida, la muerte y el amor, grandes ejes. En los poemas de la adolescencia la vida se refleja en los elementos naturales y la muerte en los atardeceres. El toro se convierte en el símbolo de la fuerza continuamente amenazada por la destrucción e identifica el toro con su destino fatal de dolor y muerte. En Cancionero y romancero de ausencias se culmina el dolor, la ausencia  y la muerte.
·Símbolos asociados a la lucha social y a la guerra: En El hombre acecha se muestra la discordancia con la violencia de los hombres que presenta como fieras (tigre, lobo...). Además la sangre representa el dolor y la muerte en el tren que no tiene destino.
·Símbolos relacionados con la naturaleza: frecuentes en los poemas de adolescencia con cabras, lagartos, insectos... En Perito en lunas hay elementos relacionados con la naturaleza como el gallo, la palmera y la higuera como símbolo de lo masculino y viril. Y el toro con el que identifica la bravura, nobleza y destino trágico.
 
Temas poéticos de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.
 Desde siempre ha estado muy ligado a la naturaleza, como poeta y como persona. Su labor como cabrero, asignada por un padre de talante severo, le llevará a aprender a cuidar el rebaño, a limpiar el establo, a recolectar fruta, a repartir leche... No es de extrañar su arraigo al terruño y la presencia constante de la naturaleza en su imaginario poético.
 En sus versos de adolescencia plasma la belleza de la realidad circundante. Todo este material inicial le llevará a la publicación de su primer poemario, Perito en lunas (1932), en el que mantiene esa tendencia de reflejar una naturaleza embellecida a través del empleo de inagotables recursos literarios.
Pero a partir de El rayo que no cesa (1936), la naturaleza se convierte en parte sustancial del imaginario poético hernandiano; ya no se trata tan solo de una fuente de inspiración, sino que se integra en la temática creando símbolos y sistemas de asociaciones. Así, las flores, vergeles y vegas remiten al amor; el huerto, a la fecundidad; y el oasis, a la amada. Lo mismo sucede con los fenómenos atmosféricos, ligados a la fuerza de los sentimientos. Surge de este modo el campo asociativo del viento, que encarna las ansias de libertad, o de la tormenta, representación del dolor.
La poesía hernandiana se nutre, además, de símbolos del animalario. Desde El rayo que no cesa hay un paralelismo simbólico entre el poeta y el toro de lidia, destacando en ambos su destino trágico de dolor y de muerte, su virilidad, su corazón desmesurado, la fiereza y la pena. En contraposición al toro, el buey representará después, en "Vientos del pueblo me llevan", la mansedumbre, la sumisión y la cobardía. En esta poesía de guerra, el ruiseñor, símbolo de la primavera en el huerto hernandiano de la producción poética anterior, se convertirá en el trasunto del poeta-cantor del pueblo.
Por otra parte, la poesía del oriolano se modula en torno a otros tres grandes motivos, tres grandes asuntos que todo lo invaden y que constituyen tres grandes temas de la poesía de siempre: el amor, la vida y la muerte.
 
El rayo que no cesa, su principal poemario amoroso, nos remite al Cancionero de Petrarca, de ahí que este sentimiento universal se perciba como fatal tortura. Los ejes dominantes de este volumen son, pues, la queja dolorida, el desdén de la amada y el amor como muerte.
 El agitado ambiente de la República y el estallido de la guerra civil en julio de 1936 arrastran a Hernández a una poesía de testimonio y denuncia que se materializará en el volumen Viento del pueblo (1937), en el que el tema del amor se funde con una poética de combate y se supedita al enfoque político-social.
A medida que avanza el conflicto bélico, la posibilidad de la victoria se aleja y el espectáculo cruento del enfrentamiento fratricida se intensifica. El tono vigoroso, entusiasta, combativo y vital de Viento del pueblo se atempera en El hombre acecha (1939), un texto donde el poeta pasa de cantar a susurrar amargamente; o dicho de otra manera, de exaltar a los héroes a lamentarse por las víctimas.
 Las últimas vivencias del poeta —el fallecimiento de su hijo, la derrota, la caída de la República, su encarcelamiento, su soledad— se plasman en su último poemario: Cancionero y romancero de ausencias. Iniciado en 1938 a raíz de la muerte de su primer hijo, esta obra póstuma se fue nutriendo con poemas escritos desde la cárcel que los editores recogieron posteriormente. El oriolano alcanza así la madurez poética con unas composiciones que beben de la sencillez de la lírica popular y abordan los temas más obsesionantes de su mundo lírico: el amor, la vida y la muerte, sus "tres heridas".
 Se puede concluir que en la obra de Miguel Hernández se origina una clara simbiosis entre tradición y vanguardia, y que el predominio de una u otra influencia viene determinado por la propia evolución del artista y por las necesidades expresivas de cada etapa. El trayecto del poeta oriolano es, en consecuencia, una acertada recopilación de todas las tendencias poéticas del momento, lo cual enriquece sobremanera la obra de una de las figuras más representativas de las letras castellanas del siglo pasado.
 
La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández
Nacido en 1910 en el seno de una familia humilde, el oriolano Miguel Hernández Gilabert está considerado como uno de los poetas más significativos del siglo XX. Aunque cronológicamente pertenece a la Generación del 36, varios factores lo relacionan estrechamente con la del 27. El más importante es la fusión de tradición e innovación en su obra, fruto de la temprana lectura de los clásicos españoles y de la influencia de las vanguardias.
Podríamos decir que toda su producción es una constatación de la terrible definición del filósofo alemán Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. En efecto, en la poesía de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de ficción, que poco a poco, conforme se va configurando el sufrimiento y se va desarrollando la funesta historia personal del poeta, acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia.
La mayor parte de los primeros poemas contiene un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural: en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus poetas leídos y admirados). Podríamos afirmar que el primer espacio poético hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.
 En su primera etapa, son muchos los poemas en los que se rinde homenaje a la naturaleza circundante con un júbilo casi exultante: las plantas, las piedras, los insectos, etc. Todo lo vivo es bello, todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Más allá de la vida que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe los objetos como si estuvieran vivos: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día, a la vida. Aquí no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, una muerte poetizadora y literaria que representa una suerte de melancolía escritural.
Las "heridas" hernandianas ("la de la vida, la del amor y la de la muerte") comienzan a sentirse en El rayo que no cesa (1936), cancionero de la pena amorosa, del sentimiento trágico del amor y de la idea de que la vida es muerte por amor. El toro se convierte aquí en la figura que representa la coherencia de la voz del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso amoroso anunciado, presagio de destrucción... En las composiciones de este poemario, la vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables (el rayo, el cuchillo...) y el amor está marcado por un sino sangriento. Y es que en la poesía de Miguel Hernández, amor y muerte se plasman en los símbolos del toro y la sangre, a los que se une una constelación de elementos cortantes e hirientes como la espada, el cuchillo, el rayo, los cuernos o el puñal, instrumentos fulminadores para el poeta.
 Estos instrumentos del dolor que proporcionan alguna suerte de herida adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la «Elegía» dedicada a su amigo Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran un mosaico de rabia y de malestar inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Estos versos coléricos contra la muerte, con el poeta andando sobre “rastrojos de difuntos”, nos hablan de la concepción de M. Hernández en este poemario y este momento de su vida: vivir es amar, penar y morir.
Con la llegada de la guerra, la voz poética adquiere un tono combativo en Viento del pueblo (1937), donde la muerte se convierte en parte de la lucha por la victoria. Pero el optimismo inicial deriva en dolor y pesimismo por la dilatación y crudeza del conflicto bélico. Así se aprecia en El hombre acecha (1939), donde los muertos ya no son héroes sino víctimas y donde el último estertor rige el destino de los oprimidos.
 Sin embargo, es en Cancionero y romancero de ausencias, su último volumen, donde los poemas se oscurecen definitivamente con el desengaño y la carencia de todo. La muerte de su primer hijo, la pérdida de la guerra, el odio de la posguerra, la condena a muerte, la posterior enfermedad y la soledad configuran este poemario de la desolación, cercano a la desnudez de la verdad más dura y terrible.


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